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Naturopatía de otoño: prepara tu inmunidad antes del invierno

El otoño en naturopatía: reforzar la inmunidad, preparar las reservas, lactofermentación, microbiota y transición luminosa. Guía completa de la estación.

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François Benavente

Naturópata certificado

Era un domingo de septiembre, uno de esos días en que el rocío sigue adherido a las telas de araña en el sotobosque. Había tomado el camino hacia el bosque de Rambouillet con una canasta de mimbre y una navaja de bolsillo. El sendero desaparecía bajo una alfombra de hojas doradas y rojizas, y en cada paso, el olor de la tierra húmeda subía, espeso, casi azucarado. Al pie de un viejo roble, los primeros boletus del año se desplegaban, carnudos, perfectos. Más allá, las rebozuelas tapizaban una ladera cubierta de musgo. El otoño lo daba todo, de una sola vez, con esa generosidad casi excesiva que caracteriza las últimas semanas de abundancia antes de la retracción invernal. Mientras llenaba mi canasta, pensaba en lo que escribía el Dr. Bonnejoy en su calendario estacional: septiembre es el mes de la gran cosecha, la ventana en la que la naturaleza te tiende todo lo que necesitarás para atravesar los meses oscuros. Pero bajo la belleza de los colores otoñales, tu cuerpo ya se está preparando para una prueba. Los días se acortan, la luz cambia, las temperaturas bajan. El sistema inmunitario entra en una fase crítica. Y si no lo preparas ahora, lo pagarás en enero.

La naturopatía siempre ha considerado las estaciones como un ciclo viviente, no como una simple sucesión de fechas en un calendario. El otoño no es el final de algo. Es el comienzo de una transición capital, la que separa la energía del verano del descanso del invierno. Y esta transición requiere un acompañamiento preciso, anclado en la sabiduría de los antiguos y validado por la fisiología moderna.

El otoño según Bonnejoy: mes de cosecha y abundancia

El Dr. Bonnejoy, en su calendario naturopático de alimentos de estación, describe septiembre como el “mes de cosecha y abundancia tanto para las verduras como para las frutas”. Esta no es una frase anodina. Contiene toda la filosofía de la naturopatía ortodoxa: la naturaleza proporciona exactamente lo que el organismo necesita, en el momento en que lo necesita. Y en septiembre, lo proporciona masivamente.

“Septiembre: mes de cosecha y abundancia tanto para las verduras como para las frutas.” Dr. Bonnejoy

Mira lo que los puestos ofrecen en septiembre: las coliflores llegan con fuerza, las calabazas y los zapallitos comienzan a madurar, los últimos tomates de cultivo de campo ofrecen su mejor sabor, los hongos crecen en cada sotobosque húmedo. En cuanto a frutas, es una explosión. Las ciruelas pasas, los duraznos tardíos, los melones de contrastación, las manzanas, las peras, las uvas, los higos, las moras silvestres, las avellanas frescas. Esta diversidad no es casualidad. Cada uno de estos alimentos aporta micronutrientes específicos que tu cuerpo necesita para afrontar el otoño. Las calabazas están repletas de betacaroteno, precursor de la vitamina A que protege las mucosas respiratorias. Las uvas contienen resveratrol, un polifenol antioxidante potente. Los higos aportan potasio y magnesio en cantidades notables. Las avellanas proporcionan vitamina E y ácidos grasos monoinsaturados que protegen las membranas celulares.

Octubre prolonga esta lógica, pero con un desplazamiento hacia la conservación. Bonnejoy lo describe como el “mes de cosecha, aprovisionamiento y conservas en preparación del invierno”. Es la época de manzanas para almacenar en la bodega, peras para confitar, castañas para secar, membrillos para transformar en pasta, aceitunas para encurtir. Nuestros antepasados sabían que ese mes decidía la calidad del invierno. No tenían suplementos alimenticios ni supermercados abiertos todo el año. Tenían la sabiduría de constituir reservas en el momento preciso en que la naturaleza las ponía a su disposición.

Noviembre marca la transición hacia los alimentos invernales. Los repollos toman el relevo, los nabos, las remolachas, las papas, y ya los primeros cítricos del sur comienzan a llegar, las naranjas, los pomelos, cargados de vitamina C justo cuando el cuerpo más la necesita. Este calendario no es casualidad evolutiva. Es el resultado de milenios de coevolución entre el ser humano y su entorno alimentario. Y la naturopatía, desde Hipócrates, enseña que hay que comer en consonancia con las estaciones. No porque sea tendencia, sino porque es lógicamente fisiológico.

Preparar la inmunidad: el escudo se construye ahora

He aquí la verdad que nadie quiere oír: cuando contraes tu primer resfriado en noviembre, ya es demasiado tarde. El sistema inmunitario no se fortalece en tres días. Las células NK (natural killer), los linfocitos T, las inmunoglobulinas secretoras de las mucosas, todo esto necesita semanas, incluso meses, para alcanzar un nivel de defensa óptimo. El otoño es tu última ventana para construir este escudo.

La própolis es una de las primeras herramientas que implemento en consulta a partir de septiembre. Esta resina que las abejas recolectan de los brotes de los árboles contiene más de trescientos compuestos activos: flavonoides, ácidos fenólicos, terpenos. Sus propiedades antibacterianas, antivirales e inmunomoduladoras la convierten en un escudo notable para las vías respiratorias superiores. Una cura de cuatro a seis semanas en otoño, en forma de tintura madre o extracto estandarizado, sienta las bases inmunitarias para el invierno.

La equinácea (Echinacea purpurea) viene a complementar este trabajo. Sus polisacáridos estimulan la fagocitosis, es decir, la capacidad de los glóbulos blancos de “comerse” los patógenos. Pero cuidado, la equinácea no se toma de forma continua. Curas de tres semanas, intercaladas con una semana de descanso, son más efectivas que una ingesta ininterrumpida que termina embotando la respuesta inmunitaria.

Los hongos medicinales son los grandes aliados de esta estación. El shiitake, el maitake y el reishi contienen betaglucanos, polisacáridos complejos que se unen a los receptores de las células inmunitarias y estimulan su actividad. El shiitake es el más accesible: fresco o seco, se cocina fácilmente en sopas y salteados de otoño. La lentinana, su principal betaglucano, aumenta la producción de interferón gamma y refuerza la actividad de las células NK. El maitake, a su vez, estimula los macrófagos y las células dendríticas. El reishi actúa modulando la inflamación mientras apoya la inmunidad adaptativa. Estos hongos, que la medicina tradicional china utiliza desde hace milenios, se adaptan perfectamente a una sopa de calabaza o a un risotto de boletus.

La vitamina C natural es otro pilar. No el ácido ascórbico sintético aislado vendido en farmacia, sino la vitamina C en su matriz completa de bioflavonoides y cofactores. El rosal silvestre (bayas de escaramujo) es la fuente más concentrada de nuestras regiones: hasta veinte veces más vitamina C que la naranja. La acerola, el kiwi y la grosella negra completan el aporte. Comienza en septiembre, no en diciembre cuando ya estés resfriado.

La vitamina D merece una atención particular. A partir de octubre, el ángulo del sol en Francia ya no permite una síntesis cutánea suficiente de vitamina D3. Ahora bien, esta hormona (porque es realmente una hormona, no una simple vitamina) es indispensable para la activación de los linfocitos T y la producción de catelicidinas, estos péptidos antimicrobianos que recubren las mucosas respiratorias. Una suplementación de 2.000 a 4.000 UI por día, idealmente guiada por una medición sanguínea de 25(OH)D, se vuelve prácticamente indispensable entre octubre y marzo bajo nuestras latitudes.

El zinc juega un papel central en la inmunidad que he detallado ampliamente en un artículo dedicado. Este mineral es cofactor de más de trescientas enzimas, y su deficiencia es una de las causas más frecuentes de infecciones repetidas. Las nueces de Brasil, en cambio, ofrecen la mejor fuente alimentaria de selenio, otro oligoelemento clave de la defensa antioxidante e inmunitaria. Dos o tres nueces de Brasil al día son suficientes para cubrir las necesidades de selenio, lo que las convierte en el “suplemento alimenticio” más simple y barato del mundo.

Conservación y fermentación: la sabiduría de los antiguos

Nuestros antepasados no tiraban los vegetales de septiembre. Los transformaban. La lactofermentación es probablemente la técnica de conservación más inteligente jamás inventada por la humanidad. Sin necesidad de energía, sin calor, sin aditivos. Solo sal, agua, tiempo y el trabajo silencioso de las bacterias lácticas.

El principio es deconcertantemente simple. Cortas repollo en tiras, lo empacas en un frasco con sal (aproximadamente el 2% del peso total), lo cubres con agua y dejas hacer. En pocos días, los Lactobacillus naturalmente presentes en las hojas comienzan a fermentar los azúcares del repollo en ácido láctico. Este medio ácido impide el desarrollo de bacterias patógenas mientras multiplica las bacterias beneficiosas. Al cabo de una o dos semanas, obtienes un chucrut casero, vivo, rebosante de probióticos, rico en vitamina C (los marineros lo utilizaban contra el escorbuto), y que se conserva meses sin refrigeración.

Schema de los pilares naturopáticos del otoño

El kimchi coreano, los pepinillos a la antigua, los encurtidos de zanahorias, las remolachas fermentadas, el kéfir de frutas son tantas variaciones sobre este mismo tema. Y cada uno de estos alimentos fermentados aporta al microbiota intestinal una diversidad de cepas bacterianas que no encontrarás en ningún suplemento probiótico en cápsula. Porque la fermentación no solo produce bacterias vivas. Genera postbióticos: ácidos orgánicos, enzimas, vitaminas B y K, péptidos antimicrobianos. Estos metabolitos son tan importantes como las bacterias mismas.

Más allá de la fermentación, el otoño es la época de las conservas. Secar hongos en un deshidratador o en el horno a baja temperatura para tenerlos todo el invierno. Almacenar calabazas enteras en un lugar fresco y seco, se conservan varios meses. Preparar coulis de tomate para los meses en que no habrá. Congelar hierbas aromáticas en aceite de oliva. Este saber ancestral, que dos generaciones de supermercados nos han hecho olvidar, es un acto de soberanía alimentaria tanto como un gesto de salud. Cuando comes en enero una verdura lactofermentada que preparaste en septiembre, alimentas tu cuerpo con una inteligencia que la industria agroalimentaria nunca podrá reproducir.

La transición luminosa: serotonina en caída libre

El 22 de septiembre, el equinoccio de otoño marca el cambio. Las noches se hacen más largas que los días. En octubre, Francia pierde aproximadamente tres minutos de luz por día. En noviembre, es peor. Y esta caída de luminosidad no es solo un inconveniente estético. Es un terremoto bioquímico.

La serotonina, este neurotransmisor que he descrito ampliamente en un artículo dedicado, depende directamente de la luz. Las células ganglionares de la retina captan la intensidad luminosa y transmiten la información al núcleo supraquiasmático del hipotálamo, el director de orquesta de nuestros ritmos circadianos. Cuando la luz es suficiente (por encima de 2.500 lux), se estimula la producción de serotonina. Cuando cae, la serotonina se desmorona, y con ella, el humor, la motivación, la regulación del apetito y la tolerancia al dolor.

Esto explica los antojos irreprimibles de azúcar en otoño. El azúcar estimula brevemente la producción de serotonina a través de un pico de insulina que facilita el paso del triptófano (el precursor de la serotonina) a través de la barrera hematoencefálica. El cuerpo busca instintivamente compensar la caída de serotonina por el medio más rápido a su alcance. Pero es una trampa: el pico es seguido por un colapso glucémico que agrava la fatiga y el bajo estado de ánimo. Entras en un ciclo infernal.

La fototerapia es la respuesta más directa a este problema. Una lámpara de 10.000 lux, utilizada treinta minutos al despertar por la mañana, reproduce la intensidad luminosa de una mañana de verano y relanza la producción de serotonina. Los estudios muestran una eficacia comparable a los antidepresivos en el trastorno afectivo estacional, sin los efectos secundarios. Es una de las pocas herramientas terapéuticas cuya relación beneficio-riesgo es tan favorable.

Si no tienes una lámpara, la estrategia mínima consiste en salir a caminar al menos veinte minutos entre las 11 y las 14 horas, incluso con tiempo nublado. La luz exterior, incluso velada, alcanza 5.000 a 20.000 lux, es decir, diez a cuarenta veces la iluminación interior de una oficina. Este simple gesto, gratuito, puede transformar tu otoño.

La alimentación también juega su papel. Los alimentos ricos en triptófano (plátanos, chocolate negro a más del 70%, nueces, semillas de calabaza, pavo, huevos) proporcionan la materia prima. Pero el triptófano necesita cofactores para transformarse en serotonina: la vitamina B6, el magnesio, el hierro y el zinc. Sin ellos, la cadena de conversión se interrumpe. Por eso una deficiencia de zinc o magnesio a menudo se manifiesta como una depresión otoñal que se atribuye erróneamente al simple cambio de estación. La serotonina también es el precursor de la melatonina, la hormona del sueño. Menos serotonina durante el día significa menos melatonina por la noche, lo que perturba el concilio y la calidad del sueño profundo. El círculo se cierra: menos luz, menos serotonina, menos melatonina, menos sueño reparador, más fatiga, más antojos de azúcar, más vulnerabilidad inmunitaria.

La segunda desintoxicación del año

La primavera y el otoño son las dos ventanas de desintoxicación del año en naturopatía. He detallado la desintoxicación primaveral en un artículo completo, con los tres tratamientos de Marchesseau y las plantas hepáticas clásicas. La desintoxicación otoñal obedece a la misma lógica pero con objetivos diferentes e intensidad más suave.

En primavera, se apunta prioritariamente al hígado, abarrotado por los excesos del invierno. En otoño, los principales órganos emuntorios son los riñones, los pulmones y los intestinos. La lógica es simple: los riñones deben estar rendidores para gestionar los desechos metabólicos acumulados durante el verano (carnes a la parrilla, alcohol, excesos alimentarios de las vacaciones). Los pulmones deben ser reforzados antes de la llegada de los virus respiratorios invernales. Los intestinos deben limpiarse y resembrarse para que el microbiota esté en el máximo de sus capacidades inmunitarias.

Para los riñones, el abedul (Betula pendula) es la planta reina del otoño. Su savia, recolectada en primavera, se conserva en ampollas y ofrece un drenaje renal suave y profundo. El brezo (Calluna vulgaris) y la vara de oro (Solidago virgaurea) completan este trabajo estimulando la diuresis y apaciguando las mucosas urinarias. Un litro y medio a dos litros de agua poco mineralizada por día acompañan imprescindiblemente este drenaje. Sin agua, no hay eliminación.

Para los pulmones, el tomillo (Thymus vulgaris) es el aliado imprescindible. Su timol es a la vez antiséptico, expectorante y antiespasmódico bronquial. El eucalipto radiata (Eucalyptus radiata), en inhalación o difusión, prepara las vías respiratorias superiores para las agresiones invernales. El pino silvestre (Pinus sylvestris), en yemas (gemmoterapia) o en aceite esencial, tonifica las mucosas respiratorias. Estas plantas no tratan una infección en curso, refuerzan las defensas locales antes de que la infección se presente.

Para los intestinos, el psilio rubio (Plantago ovata) ofrece una limpieza mecánica suave absorbiendo las toxinas fijadas en la mucosa intestinal. El aloe vera, en gel bebible, apacigua la inflamación de la mucosa y favorece la regeneración del epitelio intestinal. La clorofila, presente en todas las verduras de hoja verde oscura del otoño, es un “desodorante interno” que neutraliza las toxinas y favorece la oxigenación celular.

Esta desintoxicación otoñal es voluntariamente más suave que la de primavera, porque el cuerpo se prepara para el descanso invernal, no para una gran limpieza. Como explico en los fundamentos de la naturopatía, el concepto de terreno y la capacidad de los órganos emuntorios determinan la intensidad de toda cura. Forzar una desintoxicación en un organismo fatigado es abrir las compuertas de una presa cuyo canal aguas abajo está obstruido. Se drena suavemente, se apoyan los órganos emuntorios, se acompaña el cuerpo en su transición estacional sin brusquedades.

El microbiota: reforzar antes de la tormenta invernal

Tu intestino alberga aproximadamente treinta y ocho mil millones de bacterias, es decir, tantas como el número total de células de tu cuerpo. Este ecosistema, el microbiota intestinal, representa por sí solo 70% de tu sistema inmunitario. Las placas de Peyer, estos acúmulos de tejido linfoide dispersos a lo largo de la mucosa intestinal, son el cuartel donde se forman y entrenan los linfocitos. El GALT (gut-associated lymphoid tissue), el tejido linfoide asociado al intestino, es el mayor órgano inmunitario de tu cuerpo. No es una metáfora. Es anatomía.

Cuando el microbiota es diverso y equilibrado, produce ácidos grasos de cadena corta (butirato, propionato, acetato) que nutren las células de la mucosa intestinal, mantienen la impermeabilidad de la barrera epitelial y modulan la inflamación. El butirato, en particular, es la fuente de energía preferida de los colonocitos (las células del colon). Sin él, la mucosa se adelgaza, las uniones estrechas se relajan, y la permeabilidad intestinal aumenta. Es la puerta abierta a las infecciones, a las intolerancias alimentarias y a la inflamación sistémica.

El otoño es el momento estratégico para nutrir este microbiota. Los prebióticos son la comida de las bacterias beneficiosas. La achicoria y el topinambur son los campeones de la inulina, un fructooligosacárido que estimula el crecimiento de Bifidobacterium. El ajo y la cebolla, omnipresentes en la cocina otoñal, contienen fructanos que nutren a los Lactobacillus. El puerro, esta verdura subestimada que aparece con fuerza en los puestos a partir de octubre, es una excelente fuente de fibras prebióticas.

Los probióticos, son las bacterias vivas mismas. Y la mejor fuente de probióticos no son las cápsulas vendidas en farmacia, sino los alimentos fermentados que nuestros antepasados consumían diariamente. El chucrut crudo, el kimchi, el kéfir, la kombucha, el miso, los encurtidos de verduras a la antigua aportan una diversidad de cepas vivas que los fabricantes de suplementos no logran reproducir. Integra una o dos cucharadas de alimentos fermentados en cada comida y tu microbiota te lo agradecerá en febrero.

Las fibras del otoño son un tercer mecanismo. Las calabazas, los repollos, las legumbres (lentejas, garbanzos, frijoles secos) proporcionan fibras solubles e insolubles que ralentizan la absorción de azúcares, nutren el microbiota y aceleran el tránsito intestinal. Un adulto necesita 25 a 30 gramos de fibra al día. La mayoría de los franceses consume solo 15 a 18 gramos. Colmar este déficit en otoño es invertir en una inmunidad sólida para el invierno.

El eje intestino-inmunidad es una realidad fisiológica documentada por cientos de estudios. Un microbiota empobrecido (disbacteria) está asociado con un aumento de las infecciones respiratorias invernales, una respuesta de vacunación disminuida, inflamación sistémica de bajo grado y una sensibilidad aumentada a las alergias. A la inversa, un microbiota rico y diverso produce señales antiinflamatorias que mantienen el sistema inmunitario en estado de vigilia activa, listo para responder rápidamente a una agresión sin caer en el descontrol inflamatorio. Es el equilibrio sutil entre tolerancia y defensa que la naturopatía cultiva desde siempre bajo el nombre de “terreno”.

El calendario de frutas y verduras de otoño

Bonnejoy estableció un calendario mes a mes que sigue siendo de una pertinencia absoluta. Respetarlo es inscribirse en el ritmo de la naturaleza y proporcionar a tu organismo exactamente lo que necesita en cada etapa de la transición otoñal.

Septiembre es el mes de la abundancia máxima. Las calabazas comienzan a madurar (butternut, potimarrón, patipán), los hongos silvestres y cultivados invaden los mercados, los higos frescos ofrecen su carne dulce gorgada de calcio y potasio, las uvas entregan sus polifenoles y resveratrol, las nueces y avellanas frescas aportan sus ácidos grasos insaturados y vitamina E. También es el último mes para los tomates de cultivo de campo, las judías verdes, los pimientos y los últimos duraznos. Aprovecha, porque a partir de octubre, esta diversidad se reduce considerablemente.

Octubre marca la vuelta hacia los alimentos de conservación. Las manzanas alcanzan su madurez completa (reineta, boskoop, belle de boskoop), las peras de otoño (conferencia, williams, doyenné du comice) están en su mejor momento, las castañas caen de los árboles y ofrecen un glúcido lento de calidad excepcional, los membrillos perfuman las cocinas cuando los transformas en jalea o pasta, las aceitunas llegan del sur para ser prensadas o encurtidas. Es el mes en que hay que constituir las reservas: almacenar manzanas en la bodega, preparar conservas de coulis, iniciar las primeras lactofermentaciones.

Noviembre anuncia el invierno. Los repollos toman el poder en los puestos (repollo verde, repollo rojo, col de Bruselas, repollo kale), los nabos, las remolachas y las papas se convierten en las bases de la alimentación cotidiana, y los primeros cítricos de la cuenca mediterránea llegan: naranjas, clementinas, pomelos, cargados de vitamina C en el momento exacto en que el organismo más la necesita para apoyar sus defensas inmunitarias. También es el mes del chirivía, el colinabo, el apio nabo, estas verduras raíz olvidadas que concentran en su carne minerales extraídos en profundidad del suelo.

Cada mes del otoño tiene su lógica nutricional. Septiembre reconstituye las reservas en antioxidantes y ácidos grasos. Octubre construye los stocks de glúcidos lentos y fibras. Noviembre aporta vitamina C y minerales de las verduras raíz. Seguir este calendario no es nostalgia. Es bioquímica aplicada.

¿Y después del otoño?

El invierno que llega será el tiempo del descanso y la restricción calórica. El Dr. Bonnejoy lo describe como “la muerte de la naturaleza”, un ciclo necesario donde la tierra descansa, donde la vegetación entra en dormancia, donde los animales se ralentizan. No es una imagen triste. Es un principio fundamental de la naturopatía: no hay crecimiento sin descanso, no hay regeneración sin retiro.

“El invierno es la muerte de la naturaleza, un ciclo necesario.” Dr. Bonnejoy

Si has preparado bien tu otoño, si has reforzado tu microbiota con alimentos fermentados, constituido tus reservas de vitamina D y zinc, drenado tus órganos emuntorios suavemente, alimentado tu serotonina a pesar de la caída de luz y almacenado los tesoros de la cosecha, entonces el invierno no será una prueba. Será un tiempo de recuperación, de lecturas junto a la chimenea, de sopas humeantes hechas con las verduras lactofermentadas de septiembre. Descubre cómo la naturopatía te acompaña en invierno para prolongar esta lógica estacional.

Y en primavera, cuando la savia suba en los árboles y los primeros brotes estallen, tu cuerpo estará listo para un nuevo ciclo. La desintoxicación primaveral tomará entonces todo su sentido, porque se inscribirá en una continuidad, no en un gesto aislado. La naturopatía no es una colección de recetas puntuales. Es un arte de vivir en consonancia con los ritmos del viviente, estación tras estación, año tras año. Y el otoño, con su luz dorada y su abundancia generosa, es quizás la estación más hermosa para comenzar.


Para saber más

Receta saludable: Sopa de lentejas-cúrcuma: La sopa de otoño que potencia la inmunidad.

¿Quieres saber más sobre este tema?

Cada semana, una lección de naturopatía, una receta de jugos y reflexiones sobre el terreno.

Preguntas frecuentes

01 ¿Por qué hay que preparar su inmunidad desde el otoño?

El otoño es la última ventana para reforzar el sistema inmunitario antes de las agresiones invernales. La microbiota, las reservas de vitamina D y las defensas anti-infecciosas necesitan varias semanas para consolidarse. Esperar los primeros resfriados ya es demasiado tarde. Es ahora cuando construyes el escudo que te protegerá en enero.

02 ¿Qué hongos son beneficiosos para la inmunidad?

El shiitake, el maitake y el reishi contienen beta-glucanos que estimulan las células NK (natural killer) del sistema inmunitario. El shiitake es el más accesible: fresco o seco, se cocina fácilmente en sopas y saltados de otoño. Como complemento, el champiñón de París y la seta ostra son excelentes fuentes de vitaminas B y selenio.

03 ¿Qué es la lactofermentación y cómo empezar?

La lactofermentación es una técnica ancestral de conservación donde las bacterias lácticas transforman los azúcares en ácido láctico, preservando las verduras mientras las enriquecen con probióticos. Para comenzar: corta repollo en tiras, compactalo en un frasco con sal (2% del peso), cúbrelo con agua y déjalo fermentar una o dos semanas. Obtendrás un chucrut casero rico en probióticos vivos.

04 ¿Existe una desintoxicación de otoño en naturopatía?

Sí, el otoño es la segunda ventana de desintoxicación del año, después de la del [primavera](/articles/detox-de-primavera). Se dirige a los riñones (abedul, brezo), los pulmones (tomillo, eucalipto) e intestinos (psilio, aloe vera). Esta desintoxicación otoñal es más suave que la de primavera porque el cuerpo se prepara para el descanso invernal.

05 ¿Cómo manejar la disminución de luz en otoño?

La reducción de las horas de luz hace caer la producción de [serotonina](/articles/serotonina-fabricar-naturalmente), lo que explica la disminución del humor y los antojos de azúcar. Tres estrategias: salir a caminar al menos veinte minutos entre las 11h y las 14h para captar la luz natural, considerar una lámpara de luminoterapia (10 000 lux, 30 minutos por la mañana), y mantener un aporte de triptófano (plátanos, chocolate negro, nueces).

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